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Las enfermedades que provoca la comida chatarra

Tamales

La comida chatarra forma parte de nuestro bagaje cultural y de nuestras tradiciones, pero debido al proceso de elaboración y la falta de higiene, también es causa importante de los más comunes problemas de salud de los mexicanos. De manera particular aquellos platillos que, según el ideario mexicano, aportan la llamada vitamina T, entre los que se encuentran los tacos, las tortas, los tamales, las tostadas, los totopos, las tortillas y los tlacoyos.
La ingesta en exceso de dichos productos, elaborados en puestos callejeros, la gran mayoría con falta de higiene y sin algunos cuidados mínimos para la preparación de alimentos, provoca diversas enfermedades o trastornos en la salud como son la obesidad, el cólera, el colesterol alto, y la fiebre tifoidea, sólo por mencionar algunos.

7 de cada 10 connacionales mayores de 15 años padecen sobrepeso u obesidad, y todos ellos se encuentran en riesgo de desarrollar padecimientos circulatorios, diabetes e incluso algunos tipos de cáncer.

No obstante, los mexicanos están cada día más concientes de las consecuencias que puede tener el no alimentarse adecuadamente.

La muerte puede entrar por el esófago

Estudios sobre hábitos alimenticios realizados recientemente, revelan que ocho de cada diez mexicanos no comen balanceadamente y la mayoría de lo que consumen es alimento chatarra.
La esofagitis se define como cualquier inflamación y/o irritación del esófago, problema que afecta a gran número de mexicanos —principalmente por pésimos hábitos alimenticios— al grado que impide comer y dormir en forma normal.

El esófago es el tubo hueco por el cual se transportan alimentos sólidos y líquidos, desde la garganta hacia el estómago, y cuya pared comprende varias capas de tejido, incluidos membrana mucosa, así como músculo y tejido conjuntivo. Cualquiera de estas estructuras pueden sufrir irritación y/o inflamación y desarrollar lo que médicamente se conoce como esofagitis.

La causa más común de esofagitis, es el reflujo gastroesofágico, el cual se da de la siguiente manera: al comer los alimentos siguen una trayectoria del esófago al estómago, teniendo que pasar por una apertura que actúa como puerta, llamada hiato, el cual se cierra en cuanto la comida ha entrado, a fin de que el bolo alimenticio no regrese; cuando el hiato no realiza adecuadamente su función, el alimento tiende a regresar trayendo consigo al ácido clorhídrico que el estómago segrega para realizar la digestión, el cual es tan corrosivo que desgasta las paredes del esófago, perforándolo paulatinamente —cuando el problema llega a este punto recibe el nombre esófago de Barrett—.

La irritación que se provoca hace que los tejidos se inflamen (ocasionalmente se presentan úlceras), que haya dificultad en la deglución (tragar) y sensación de ardor y/o acidez en el esófago, además de sabor agrio o amargo en la boca que viene de la regurgitación del contenido del estómago; no es raro que la garganta se irrite y se manifiesten tos y voz ronca.

Cabe destacar que el ácido estomacal igualmente irritará al esófago al haber excesivo vómito (rasgo de quienes padecen bulimia), al consumir ciertos medicamentos (como ácido acetilsalicílico, ibuprofeno, potasio, alendronato y doxiciclina) y al ingerir irritantes (cítricos, picantes, alcohol y tabaco) que dificultan la buena digestión.

Algunas recomendaciones

Los alimentos de origen animal no deben evitarse, sino consumirse con mesura e inteligencia.

Podemos tomar leche descremada, pues de ella nos interesan sólo el calcio y proteínas; en cuanto a quesos, hay que preferir los más frescos, como panela, requesón o cottage. Respecto a la carne, mejor la que sea pulpa y pedir que se le quite la mayor parte de grasa posible; también se debe dar preferencia a pescado y pollo, si bien a éste hay que quitarle la piel y partes amarillas que hay junto a la carne, porque es colesterol.

En referencia al huevo, indica que sólo se aconsejan dos piezas a la semana. “La yema o parte amarilla tiene propiedades nutritivas importantes, pero es rica en colesterol: promedia 250 miligramos, cuando la recomendación es menor a 300 miligramos al día. Las claras pueden consumirse todos los días, de modo que una posibilidad es preparar dos de ellas con una yema.
Al preparar un sándwich o torta se aconseja usar pan integral, añadirle jitomate, germinados o lechuga, y evitar mayonesa, mantequilla o crema, así sean light; para sazonar es preferible emplear mostaza.

Se deben incluir leguminosas como frijol, lentejas, chícharos, soya, alubias o habas, sobre todo cuando se combinan con cereales, ya que así, además de vitaminas y minerales, nos proporcionan proteínas de excelente calidad y sin grasa. “Un plato de frijol con arroz es un alimento de alto valor, pero sin agregarle chorizo o chicharrón, porque lo echamos a perder”.

En cuanto a las frutas, explica que para medir las raciones es útil contar con una taza de aproximadamente 250 mililitros; 3/4 partes de ella es una ración de uvas, mientras que una entera corresponde a la de melón o papaya picadas. Manzana, pera, durazno o naranja son una ración por pieza, pero en un mango encontramos dos. Respecto al jugo de cítricos, en 150 mililitros (poco más de medio vaso) tenemos dos porciones, pero hay que tomarlo sin colar, pues de por sí se le ha quitado el bagazo.

Cuando consumimos una ración de fruta y otra de verdura en la mañana, tarde y noche, cubrimos la recomendación mínima. A esto habría que puntualizar que debemos preferir productos frescos, no cocidos, e incorporar los que se comen crudos. Sólo las personas con diabetes tienen restricción, pues deben evitar verduras con alto contenido de hidratos de carbono: elote, papa, nabo y betabel.

Los cereales integrales son de lo más recomendable, pero no deben estar adicionados con grasas o miel y azúcar, como ocurre con muchos productos que hay en tiendas naturistas, por su alto contenido calórico.

Respecto a productos light, explica que, antes de consumirlos, lo ideal es tener buena nutrición con productos naturales, no industrializados. “Light” significa que tienen poco o bajo contenido calórico, pero esto no quiere decir que sirvan para darse atracones con ellos. Los edulcorantes no calóricos se aconsejan a quien no puede renunciar a lo dulce, pero en general hay que evitarlos y conocer el sabor natural de cada alimento.

La buena alimentación debe darse desde bebés

Los niños pequeños deben alimentarse del seno materno durante los primeros 6 meses de vida, pues así se garantiza su óptimo crecimiento y desarrollo durante el primer medio año (en casos excepcionales, cuando no se cumplen las expectativas de crecimiento, se pueden brindar suplementos). A partir del sexto mes se deben consumir exclusivamente papillas de frutas y verduras, y poco a poco incluir leguminosas, cereales y agua con frutas, pero sin azúcar.
Cuando los padres le dan leche, agua de frutas o té al bebé, le ponen azúcar o miel, ahí empiezan a arruinarlo todo; el niño no aprende a reconocer el sabor natural de los alimentos y el día que los prueba o toma agua natural, los rechaza.

Niños más grandes y adolescentes, además de sus tres comidas, necesitan una colación o refrigerio en la mañana y otra a media tarde para cubrir sus requerimientos nutricionales y energéticos. Pero no deben ser frituras, bebidas endulzadas o pastelitos chatarra, sino fruta, verdura, yogurt, avena o amaranto, es decir, refrigerios saludables y en pequeñas proporciones. No debemos olvidar que un niño gordito tiene alta probabilidad de ser un adulto obeso con enfermedades crónicas, y que adolescentes con peso excesivo tienen 50% de posibilidades de continuar con dicho problema en la edad adulta.

Enseñemos a través de nuestro ejemplo que una alimentación adecuada estructura la salud.

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